ENSAYISTAS BOGOTANOS - Antología


Ensayistas Bogotanos – Selección y prólogo de José Chalarca
ISBN 978-958-9233-31-3
Colección Los Conjurados
Obra pictórica: Fernando Maldonado

Autores seleccionados: Juan Gustavo Cobo Borda, Mauricio Botero Montoya, Santiago Mutis Durán, Gabriel Arturo Castro, Federico Díaz-Granados, Oscar Torres Duque, Santiago Espinosa, Mauricio Contreras Hernández,  Omar Martínez Ortiz, Gonzalo Márquez Cristo

Este libro recoge una muestra depurada de lo que el ensayo, escrito por autores nacidos en la capital, es hoy en nuestra literatura. Los creadores seleccionados incursionan con sus personales estilos en la obra de artistas y sucesos coyunturales de la contemporaneidad.
Juan Gustavo Cobo Borda, quien hace gala de su experiencia literaria, nos pasea por la vida y la pintura de Alejandro Obregón; Mauricio Botero Montoya con un estilo cálido y emotivo, por el sentimentalismo cordial que alimentan los tangos y los boleros; Santiago Mutis Durán critica el concepto de arte “interdisciplinario”; Gabriel Arturo Castro nos devela los entresijos de un cuento del inefable Jorge Luis Borges; Federico Díaz-Granados nos facilita el degustar la poesía citadina y barrial de Mario Rivero; Oscar Torres Duque, quiere mostrarnos las aproximaciones que pueden darse en la creación novelística de Jorge Isaacs y Manuel Puig; Mauricio Contreras Hernández nos lleva en emocionado discurso a desentrañar la esencialidad del quehacer poético y su para qué; Santiago Espinosa con un estilo transparente nos muestra con acierto la personalidad controversial y la poesía dura y dolida de María Mercedes Carranza; Omar Martínez Ortiz con estilo inteligente y certero apunta a revelar los recónditos secretos que entraña el ejercicio poético, y Gonzalo Márquez Cristo nos muestra con agudeza desde su óptica apocalíptica los agujeros negros, más negros por la soledad que por la ausencia de luz a los que nos conduce, en marchas forzadas, la cultura cibernética y su ilusoria perversidad, que acabará por anular y destruir nuestra inteligencia natural.


José Chalarca (Manizales, Colombia, 1941). Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas. Dirigió por tres años la Re­vista Siglo XX. En 1973 publicó su primer libro titulado Color de hor­miga, en la Colección Popular del Instituto Colombiano de Cultura. Es también autor de: El contador de cuentos (1980); El oficio de preguntar (1983), Diario de una infancia (1984); Marguerite Yourcenar o la profundidad (1987); Las muertes de Caín (1993); La escritura como pasión (1996) y Trilogio (2001). Ha publicado una decena de obras sobre el tema cafetero: El café, Vol. III de la Enciclopedia del Desarrollo Colombiano (1974); El café, cultivo e industria (1976); Colombia, café y paisaje (1986); El café en la vida de Colombia (1987); El café, relato ilustrado de una pasión (1989); Aventuras ilustradas del café (1990); Don Leo (1991); Vida y hechos del café en Colombia (1998)… Como pintor ha realizado decenas de exposiciones individuales y colectivas, en Colombia y otros países latinoamericanos.

JOSÉ CHALARCA - Yourcenar o la profundidad

Marguerite Yourcenar o la profundidad 
ISBN 978-958-8418-24-7
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com 
Portada: José Chalarca


José Chalarca (Manizales, Colombia, 1941). Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas. Dirigió por tres años la Re­vista Siglo XX. En 1973 publicó su primer libro titulado Color de Hor­miga, en la Colección Popular del Instituto Colombiano de Cultura. Es también autor de: El Contador de Cuentos (1980, segundo lugar en el concurso convocado con motivo de los 70 años del Departamento de Caldas); El oficio de preguntar (1983), Diario de una Infancia (1984); Marguerite Yourcenar o la profundidad (1987); Las muertes de Caín (1993); La escritura como pasión (1996) y Trilogio (2001). 

Ha publicado una decena de obras sobre el tema cafetero: El café, Vol. III de la Enciclopedia del Desarrollo Colombiano (1974); El café, cultivo e industria (1976); Colombia, café y paisaje (1986); El café en la vida de Colombia (1987); El café, relato ilustrado de una pasión (1989); Aventuras ilustradas del café (1990); Don Leo (1991); Vida y hechos del café en Colombia (1998)… Como pintor ha realizado decenas de exposiciones individuales y colectivas, en Colombia y otros países latinoamericanos.

La Colección Los Conjurados reedita el imprescindible libro de ensayos de José Chalarca sobre la obra de una de las más grandes escritoras de todos los tiempos, pasión que en palabras del autor “nació de una admiración ferviente por Marguerite Yourcenar, autora que conocí a finales de la década de los años setentas del recién pasado siglo XX. Esta obsesión fue haciéndose al ritmo de la lectura de sus obras que llegaban a mis manos apenas hacían su aparición en traducción española o las publicadas en lengua francesa que tenía la rara oportunidad de conseguir. Con este libro anhelo rendir tributo a su memoria y expresar mi deseo de que quienes lo lean, sientan la irresistible necesidad de abrevar directamente en su fuente y ganados por su hechizo multipliquen los lectores de su cenital literatura.”   

MAURICIO BOTERO MONTOYA - No vi otro refugio



No vi otro refugio
ISBN 958-97620-3-4
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com
Obra escultórica: Manolo Colmenares

Nació en Bogotá, Colombia, en 1948. Estudió filosofía y escribió varios libros de historia contemporánea. Fue profesor e investigador. Conferencista en diversos centros educativos de Europa, Estados Unidos y América Latina. Ha sido representante de las universidades al Consejo Nacional de la televisión colombiana y delegado ante la ONU en Ginebra, Suiza; así como Cónsul General de Colombia en Argentina y República Dominicana. Entre sus publicaciones resaltamos: La herencia del Frente Nacional con prólogo de Alfredo Vásquez Carrizosa (1986), El MRL con epílogo de Alfonso López Michelsen (1990). En el 2003 publicó su novela El baile de los árboles. En la actualidad es columnista del diario El Nuevo Siglo. En el año 2005 Común Presencia Editores publicó No vi otro refugio.


Tango y bolero
El Tango es de la noche. Tiende hacia la madrugada como si buscara la luz tras una vigilia de sombras. Es masculino o en cualquier caso concita la solidaridad viril del hombre. Evoca el paso del tiempo, el destino, la deslealtad amorosa. Su lenguaje es expositivo, sumarial, como si quisiera resarcirse con la palabra exacta, a sabiendas de que si no lo salva eso no lo salva nada. Ni siquiera el amor, «que es eterno mientras dura» según Vinicius, poeta de la Samba, ese ritmo con la tersura cadenciosa del bolero y la nostalgia narrativa del tango, de la que él mismo decía: «la Samba sin tristeza es como la mujer que sólo es bella». El tango filosofa, es pedagógico, deja una enseñanza. Como en la ópera, dice la última palabra, esa suave venganza de la inteligencia frente a las devastadoras derrotas de la vida. Aún en pleno autoflagelo y al hacer ostentación de debilidad, no oculta el orgullo de su lucidez. Trasmuta el dolor en música con razonables palabras, preludiando la afición argentina por el psicoanálisis. Busca solidaridad de género y tiende al esbozo ligeramente sociológico, en él cabe el juez, la amistad, el barrio, la lucha de clases, la policía. Es un compendio de cultura para quienes no tienen otros compendios. Y necesita de oyentes cómplices al recapitular, con efectismo, algo que ya trazó su parábola vital. De él han dicho que es un caso de comisaría con música. Pero hay que hacer la salvedad de que su retórica no es demagogia, pues quien discute consigo mismo no pretende que el vecino tome partido.
En el tango Mano a mano un hombre recapitula su vida con una mujer. Sabe que le ha fallado. Sabe además que para ella es un «otario», un descriteriado, un necio. Y que ella lleva (quizás en silencio) la cuenta de sus faltas. Una cuenta femenina, detallada.
Pero piensa también que él la ha amado, que le ha proporcionado alguna dicha. Le dice entonces que no se deben ya nada el uno al otro. Que cree haber quedado «mano a mano», pero que si quedase alguna deuda chica: «en la cuenta del otario que tenés me la cargás». Así alude a la contabilidad secreta de esa mujer que prefiere anotar las fallas antes que olvidarlas. En el tango, en las crisis más adversas, el hombre descubre en sí suficiente coraje para compartir el dolor con una mina (mujer) traicionada por una rosa. Aunque justo él sea la ocasión de esa rosa. Hasta en eso es solidario.
El bolero suele estar antes del hecho amoroso del cual es instigador. Busca la penumbra. Es un idilio al que no le urge terceros para existir. Es la rosa. Utiliza arteramente susurros de seducción. Tiene agendas secretas y para lograr su propósito: la dama es una diosa a la que nunca se «ha dejado de adorar» como en Perfidia, o es «cosas como tu son para quererlas». «Cosas» ¡y ni las feministas se enfadan! Difícil hallar en él a la mujer intermedia entre cosa y divinidad; mientras como en el tango Malena el hombre confiesa su admiración por ella como persona sin más.
El bolero menos descriptivo logra que un ripio como: «cual calcomanías en mitad del alma» –cual improbable fantasma con tatuaje– también pase con impunidad la aduana racional en rítmico elogio debido al hechizo de lo que llamamos estar «tragado» del otro. Otras culturas intentan robarle la música pero no pueden trasvasar bien su letra ni las del tango. Así una despedida trágica como el Adiós muchachos al traducirse al inglés, se minimiza en piropo sedoso para la pareja de baile en la voz profunda de Louis Armstrong. El melodrama del bolero Sombras «quisiera abrir lentamente mis venas, mi sangre toda verterla a tus pies...» se siente como un charco de hospital en cualquier otro idioma.
El bolero afín a las penumbras cultiva la calidez del entresueño. Su momento propicio es el atardecer, bronceado de luna, no tolera el innecesario sol de las madrugadas. Es femenino sin que eso le impida ser machista. Posee la tesitura del momento mágico anterior a la seducción. Promete con generosidad lo imposible. Apela no tanto a la lucidez de la lógica despierta sino a la resonancia afectiva de la persona amada. Pretende ignorar que «amar es practicar una religión cuyo dios es falible», según ese tanguista Jorge Luis Borges. Y, como tiende al frenesí, no le preocupa la enormidad de lo que promete, cielo y tierra, pues incumplir en ese momento de entresueño es imposible y además ni la realidad ni el futuro importan porque no existen. Solo vive su propia embriaguez, mientras el tango amanecido insiste en el ascetismo expositivo de la comprensión y en la inútil coherencia de la sobriedad.
En el bolero predomina la melodía sobre la letra cuyas metáforas son puentes al ensueño. Desvestido de música sería apenas una antología de lo cursi pero su suave ritmo da el necesario permiso a la emoción de agotarse en efluvios caprichosos y de perderse en los desvaríos de los sentimientos arbitrarios como en el genial bolerista norteño Cole Porter... En ese frenesí decepcionar es el secreto de la seducción y la lógica es un recurso helado de los que carecen de sentimientos razonables. Mientras el tango lleva en sí un ruido de corazón destartalado. Y, buen porteño, no teme conjugar sustantivos como el tanguista que se emburdeló para olvidar el mal de amor.
El tango es una alegoría que presiente que lo bello es el primer eslabón de lo terrible aún si su música, ya cosmopolita, omite la letra que le dio vida. Pero igual influye así en el patetismo de la Piaf, esa bolero-tanguista francesa, cuya voz como una blasfemia azota la indiferencia de los ángeles.
En El día que me quieras, raro tango de expectativa y no de recuento, Gardel arriesga una razón de por qué ama a una mujer: «ella aquieta mi herida. Todo, todo se olvida», lo que revela tanto de él como de ella. Y resiente «esta pasión que lastima, este dolor que no pasa», evocativo de «es el amor, tendré que esconderme o que huir» del enamorado Borges.
Dado al entresueño el bolero desconfía de la vigilia, tiene la sensualidad íntima de su carácter latino y caribe, mientras el tango divide sus penas compartiéndolas como un sujeto escarmentado. Mira hacia atrás. Es narrativo. Es bailable y escenificable para beneficio de terceros. El bolero por contraste aborrece la escenificación, se baila mejor en un rincón, como táctica de seducción en su perpetuo ánimo conquistador.
Y cuando la seducción falla el galán despechado revela la conjura: «Total, si me hubieras querido ya me hubiera olvidado de tu querer…Total, si no tengo tus besos no me muero por eso, yo ya estoy cansado de tanto besar…» Como el bolerista cree que el odio duele menos que el olvido, cuando hay ruptura el amante despechado exige: ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia, odio quiero más que indiferencia, porque el rencor duele menos que el olvido. Pero el bolero que revela mejor su engañosa estrategia es el del amante que tras el logro de su pasión, confiesa: «Ayer te vi pasar y al quererte llamar / la verdad es para que te asombres / que a pesar de lo mucho que te amé, / ¿lo puedes tu creer? Se me olvidó tu nombre».
Si el bolero cultiva ilusiones y el tango desengaños, si uno es preludial y el otro tiende a la recapitulación; no tenemos que elegir entre la noche y el día, entre el momento amoroso y la prosa de su desenlace. Aliviamos en ellos el dolor de estar vivos amparados por la melodía, el sentimiento que reconstruye al mundo en su canto y el sueño que equivoca su vigilia.


Libro ilustrado por Manolo Colmenares

Derechos reservados
© Mauricio Botero Montoya


FABIO JURADO VALENCIA - Pedro Páramo, murmullos



Pedro Páramo de Juan Rulfo: murmullos, susurros y silencios
ISBN 958-97620-0-X
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com
Obra pictórica: Santiago Rebolledo

(Buga-Florida, Valle, 1954). Licenciado en Literatura (Universidad Santiago de Cali); Maestría en Letras Iberoamericanas (UNAM, México); Doctor en Literatura (UNAM, México). Profesor del Departamento de Literatura y del Instituto de Investigación en Educación, de la Universidad Nacional de Colombia. Autor de los libros: Investigación, escritura y educación: El lenguaje y la literatura en la transformación de la escuela; Posadas, México en la poesía colombiana (compilación); La escuela en el cuento (compilación); Rosario Castellanos, esa búsqueda ansiosa de la muerte; Ray Bradbury, literatura fantástica; «El hombre» de Rulfo, polifonía y sociolecto narrativo; Evaluación, conceptualización, experiencias, prospecciones (memoria y compilación). Coordinador y coautor de los libros: Juguemos a interpretar, Interacción y competencia comunicativa; La escuela en la tradición oral; Culturas y escolaridad; La formación docente en América latina; Competencias y proyecto pedagógico; Trazas y miradas. Participante por Colombia en el Segundo Estudio Regional Comparativo de la Evaluación de la Calidad de la Educación, convocado por el LLECE-UNESCO. En el año 2005 Común Presencia Editores publicó Pedro Páramo de Juan Rulfo: murmullos, susurros y silencios...

Presentación
Para críticos e investigadores la obra de Rulfo ha sido siempre un asombro y un ejemplo de cómo una obra breve puede ser a la vez compleja. A la fusión entre la brevedad y la complejidad ha de agregarse el carácter detonante de una poética narrativa que finalmente, y luego de todo un proceso de búsqueda, logra irrumpir y marcar un antes y un después, no sólo en México sino en toda América Latina. Tal fue el alcance de la detonación, que hoy podríamos afirmar que sin esta obra magistral, quizás no hubiera sido posible esa otra obra que como la de García Márquez hizo volver la mirada de los europeos hacia las literaturas y las artes de nuestros países.
Aquí se trata de estudiar aquello que en historiografía literaria llamamos una «obra clásica», cuyo concepto es mostrado por Carlos Monsivais cuando dice que «los dos libros de Juan Rulfo son, inequívocamente, clásicos de una cultura y una lengua; clásicos porque representan el esplendor –sin rigidez posible– de un canon que lo es por el consenso de cada nueva generación de lectores; clásicos porque les permiten a sus frecuentadores definirse, reflexionar, y sentirse allí expresados, en variedad de reacciones a las que unifican el fervor y el asombro agradecido» (1983: Homenaje Nacional a Juan Rulfo).
¿Qué hace de los cuentos de Rulfo un objeto de fijación en la memoria de los lectores y qué hace que estos lectores «rulfianos» procedan de distinta condición y no necesariamente sean lectores especializados en literatura?; ¿por qué, sin recurrir a tantos artificios, se trata de cuentos «asimilables», si por ello entendemos una apropiación gozosa de las historias que se nos cuenta, y a la vez propician universos de ambigüedad en sus significados? ¿En dónde radica lo estético-poético de estos cuentos y cómo ellos logran materializar la inevitable interacción entre la oralidad y la escritura, que se materializará con mayor fuerza en Pedro Páramo? Nos encontramos con la convergencia de los cuentos en la novela, sobre la cual también cabe preguntarse por sus tonos, su estructura circular, sus anclajes históricos y antropológicos, sus interpelaciones ideológicas y su hermetismo por su alto poder simbólico.
Es posible que este trabajo sea sólo un balbuceo frente a la capacidad de sugerencia semántica y semiótica de la obra de Rulfo; como un balbuceo lo presento, luego de 20 años de iniciado su primer borrador en México, cuando el Director por entonces del Seminario de Poética, del Instituto de Investigaciones Filológicas, de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Pascual Buxó, me concediera una beca para su exposición y desarrollo en el Seminario. Entre 500 páginas he hecho una depuración pensando en unos lectores abiertos, no necesariamente académicos; si bien a ellos se debe este trabajo. Los lectores de esos primeros borradores fueron Helena Beristain, César González, Tatiana Bubnova, Gilberto Jiménez, Francoise Perus y José Bazán.
En el año 1986 muchos apartados de este trabajo se pusieron a prueba en las aulas de la Maestría en Literatura, de la Universidad Javeriana, por el interés que mostró el padre Marino Troncoso hacia la obra de Rulfo y las aproximaciones desde el dialogismo literario. De allí en adelante los borradores siguieron circulando en cursos de posgrado en Medellín, Cartagena, Pasto y en Bogotá, con los cursos de la carrera en Estudios Literarios, de la Universidad Nacional de Colombia. Es indudable que las preguntas surgidas en estos cursos aparecen en el fondo de muchas ideas aquí planteadas.
En el año 2003, la Universidad Nacional me concedió el año sabático, uno de cuyos propósitos era «organizar para la edición» dos libros que tenía en borrador; uno de ellos es éste, el de Rulfo. La celebración de los 50 años de la primera edición de Pedro Páramo me obligó a acelerar la depuración de esta versión, para rendir homenaje a un escritor que me hizo ir a México para profundizar en su obra. Valió la pena.

Derechos reservados
© Fabio Jurado Valencia


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